Septiembre fue un mes de celebraciones por el Día Internacional de la Traducción, una iniciativa promovida por la Federación Internacional de Traductores desde 1991, para rendir homenaje a la labor de los profesionales lingüísticos.

La fecha elegida conmemora el fallecimiento de Jerónimo de Estridón, traductor de la Biblia y patrón de los traductores.

El arte de la traducción ha evolucionado significativamente a lo largo de estos siglos, adaptándose a los cambios culturales, tecnológicos y lingüísticos.

En el siglo V, los traductores se centraban en preservar y transmitir obras religiosas, filosóficas y literarias. El proceso de traducción era laborioso y parsimonioso: contaban con recursos muy limitados y, además, lo realizaban a mano y en pergamino, lo que añadía una dimensión artesanal al trabajo.

En el siglo XXI, la tecnología ha transformado radicalmente nuestra profesión. Las herramientas actuales han agilizado el proceso, lo que nos permite trabajar con eficiencia y precisión. Sin embargo, debemos afrontar la velocidad que exige la demanda actual, la calidad y la competencia feroz.

Pero hay algo que entendemos nunca cambió a pesar de los años y que se trata del significado intrínseco de esta profesión. Ya que no es una profesión apta para simples titulados en traductología –«el diccionario se queda siempre corto»–, sino para iniciados con horas de vuelo, para los que la vocación no deja de ser aliada de la experiencia, la sabiduría, el instinto y la cultura.

Un trabajo oscuro, solitario y discreto, que hoy más que nunca, tras su reconocimiento legislativo, exige respeto y un pago justo. Soldados de fortuna, los traductores se enfrentan a múltiples enemigos:

  • la invisibilidad;
  • el permanente silencio de la crítica –apenas ocupa una línea citar al traductor–;
  • la falta de reconocimiento, tanto profesional como social;
  • el intrusismo; la inseguridad laboral;
  • los ingresos exiguos;
  • y hasta la tendencia al «aplanamiento» de ciertos editores.

El proceso de traducción nunca es recto, liso ni unívoco

En tiempos de velocidad desquiciada, el trabajo de traductor requiere tiempo, arqueología lingüística, y hasta investigación anticuaria. Con todo, aunque el traductor todavía sea en muchos casos un mal necesario, para muchos editores contar con un buen profesional es una inversión y una garantía de calidad.

En este mes tan especial, Translatios pretende -con este artículo- intentar dignificar esta profesión que tan dura es de aprender y de ejercer, –reservada solo a quienes le profesan amor y respeto, quienes sienten pasión por el lenguaje–, y sin la cual Babel nos ganaría la partida.